martes, 28 de febrero de 2012

¿POR QUÉ?





Interrogas, María,

a los hombres, a Dios, ¿por qué?, ¿por qué

esta injusta agonía

del Ungido, que honesto siempre fue

e hizo milagros por amor y fe?.

No encuentras la respuesta,

está en la lejanía del misterio.

Tú subirás la cuesta

acatando el sublime ministerio

que libra al pecador del cautiverio.

Le ves pasar, sencillo

le llevan maniatado desde Anás

al lujoso castillo

del Sumo Sacerdote, de Caifás.

Amedrentada tras sus pasos vas.

Llaman a los testigos.

Te alteras. Todos los citados son

confidentes y amigos

de cuantos orquestaron la traición

para encerrar a tu hijo en la prisión.

Vigilas impaciente,

temblando, las noticias del suceso.

Preguntas a la gente

¿qué sabéis del Mesías, que está preso

por amar a los hombres en exceso?.

Dicen ha blasfemado

y Caifás se rasgó sus vestiduras.

Que es Dios ha confesado,

y le verán venir de las alturas.

¡Por la Verdad soporta desventuras!.

Le han pegado, escupido,

se han mofado de Él. En ti, María,

surge ahogado un gemido:

¡Oh, Señor, ten piedad!, su arcilla es mía,

¡que sufra yo, y no Él, la profecía!.

Las horas caen despacio

por la inmensa ansiedad de tu desvelo.

El pueblo está reacio

a luchar por Jesús, el rey del cielo.

Tu esencia se estremece por su hielo.

Escuchas que Simón

le ha negado esta noche varias veces.

Te duele el corazón,

recuerdas cuando Pedro, sin dobleces,

se brindó a acompañarle en arideces.

Canta el gallo en la aurora.

Unidos confabulan los traidores

con fiebre vengadora.

No pueden erigirse ejecutores,

ni sentenciar a muerte a malhechores.

Cruza Jesús la calle,

custodiado le empujan al pretorio.

No pierdes un detalle.

Deseas que el proceso acusatorio

termine con un fallo absolutorio.

Te hiere ver a tu hijo.

Pasa a Herodes por orden de Pilatos.

Quieres darle cobijo,

protegerle de ultrajes, malos tratos,

apartarlo de abyectos y de ingratos.

Jesús sale otra vez.

De Herodes va a Pilatos. ¡Qué locura!.

Nadie acepta ser juez.

Sólo ellos han urdido la conjura.

Tú sabes que es el Hijo de la Altura.

¡Le han puesto un blanco manto!.

Te traspasa el dolor por tanta ofensa.

Tu angustia mana en llanto,

tu carne está aterida, tu alma tensa.

Te arrebata salir en su defensa.

Oyes los comentarios

que corren hasta ti de boca en boca:

Es un juicio arbitrario;

Jesús está seguro, es una roca;

Pilatos ve que el pueblo se equivoca.

Sale al balcón Pilatos

y pregunta cuál es la acusación

Chillan los insensatos:

se ha proclamado rey. Con la intención

de lograr su tortura, su Pasión.

Es costumbre judía

liberar por la Pascua a un prisionero,

y tu ánimo confía

que elijan a Jesús, el mensajero...

Piden a Barabbás, el bandolero.

Pilatos les advierte,

yo le castigaré y le soltaré,

pues no es justa su muerte.

Ruegas a Dios: ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?.

Mas en su voluntad está tu fe.

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